Por Ivette Estrada
Creímos que era indescifrable y asumimos que sólo algunos afortunados la poseían. Hoy, cuando los expertos muestran las “entrañas” de una de las inteligencias más demandadas en la era digital, es posible que cualquiera pueda desarrollarla y enriquecer la experiencia, oportunidades y conocimiento de los otros.
La inteligencia emocional (EQ) es una comprensión de las propias emociones y de las personas que nos rodean. Representa un mapa fidedigno de cómo actuar en función de esa información.
Los cuatro componentes de la EQ son autoconciencia, autogestión, conciencia social y gestión relacional.
Representa una habilidad imprescindible del liderazgo, incluso más allá de las habilidades técnicas. Los expertos lo resumen de una manera tajante: «Puedes ser la persona más inteligente de la sala, pero no va a tener una correlación tan fuerte con tu éxito como lo hace EQ».
Ahora, ¿cómo podemos conceptualizar cada uno de los elementos que integran el EQ?
La autoconciencia es el autocontrol. Es un momento para evaluar dónde están tus propias emociones en un momento dado. Esto es importante porque cuando nos sentimos a la defensiva, agotados o estresados, las tendencias naturales afloran y solemos discutir, cerrarnos, ser iracundos o inflexibles. No solemos presentarnos de la mejor manera.
Los consejos para fomentar la autoconciencia incluyen desde simplemente respirar profundamente para conectarte a tierra hasta escribir un diario para comprender cuáles son nuestros desencadenantes.
El mindfulness es una técnica para conectar con el “aquí y ahora” que privilegia la autoconciencia.
La autogestión, por otra parte, elude a tomar conciencia y luego elegir qué hacer al respecto. A veces implica esperar, salir a caminar, haz yoga o llamar a un amigo.
Es importante recordar que la autogestión también se aplica al buen humor. Esas rachas de optimismo implican compartir el buen ánimo y hacer algo bueno para los demás. Para algunos es un acto “rejuvenecedor”.
La conciencia social y la gestión de las relaciones siguen el mismo patrón que la autoconciencia y la autogestión. Es “leer” o inferir cómo se sienten las personas, luego decidir cómo actuar en función de esa información.
Existen tres maneras de saberlos: observación, experimentación e interrogación. Esta última es la más fidedigna.
La gestión relacional, finalmente, es poner límites cuando el líder se implica en los sentimientos de alguien que atraviesa por una mala racha. No se trata de eliminar la empatía, pero si de no convertirse en terapeuta y actuar en beneficio del grupo, no de una persona.
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