Diciembre no solo cambia el ambiente: también modifica la agenda social del país. Ninguna otra temporada concentra tantas reuniones como estas fechas. Las casas se llenan, las mesas se alargan, los viajes se multiplican y los reencuentros se disparan. Es el mes en que casi todos salimos al mismo tiempo, buscando abrazos, historias pendientes y cierres de ciclo.
La celebración es parte esencial de la identidad mexicana. Se comparte comida, se comparte la calle, se comparte la noche. El festejo no distingue edades ni regiones: ocurre en barrios, pueblos, colonias y grandes avenidas. Es un movimiento social que transforma el ritmo cotidiano.
Pero incluso en medio de la alegría, hay una verdad que permanece: el alcohol sigue siendo un factor de riesgo real en las calles. En México, casi 20 % de las muertes viales están relacionadas con el consumo de alcohol, de acuerdo con datos de salud pública. El brindis forma parte del ritual, sí, pero también lo es la responsabilidad.
Disfrutar, cuidarse, hidratarse, respetar los tiempos de descanso y evitar manejar después de beber son hoy parte del mismo lenguaje del Guadalupe–Reyes. Porque la fiesta no se trata solo de celebrar el momento, sino de poder contar la historia después.
Celebrar es un arte. Saber cuándo parar, también.
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