*Marcelo Cosentino, vicepresidente de Negocios por Segmentos de TOTVS
Independientemente del tamaño de la empresa o del sector en el que ésta opere, un proyecto de innovación puede marcar la diferencia en la mejora de procesos, la creación de productos y servicios transformadores o incluso el desarrollo de un nuevo modelo de negocio. Sin embargo, transformar una idea en un proyecto estructurado requiere planificación, enfoque en resultados y una ejecución eficiente. Como parte de una gran empresa tecnológica, he observado que muchas organizaciones tropiezan al intentar innovar, no por falta de ideas, sino por la ausencia de una estrategia clara y bien definida.
Para ser eficaz, la innovación debe estar intrínsecamente ligada a los objetivos estratégicos de la empresa. No se trata solo de tener ideas brillantes, sino de canalizarlas hacia la creación de valor real, ya sea mediante nuevos productos que satisfagan las necesidades del mercado, servicios que superen las expectativas de los clientes, procesos que optimicen la eficiencia operativa o modelos de negocio que revolucionen la forma de operar de la empresa.
Uno de los mayores desafíos que veo es la implementación de iniciativas de innovación desestructuradas. Los proyectos que surgen sin un propósito claro, sin métricas de éxito bien definidas y sin la participación de las diferentes áreas de la empresa, están condenados al fracaso. Es como intentar construir un edificio sin un plano arquitectónico: el resultado será, como mínimo, desorganizado e ineficiente.
Para evitar esta trampa, es crucial adoptar un enfoque estructurado y estratégico hacia la innovación. Esto comienza por definir un propósito claro: ¿Qué problema intentamos resolver? ¿Qué oportunidad buscamos aprovechar?
La innovación debe ser una herramienta para alcanzar la visión y los objetivos a largo plazo de la empresa. A continuación, es fundamental mapear el ecosistema de innovación, identificando las tendencias del mercado, las tecnologías emergentes y las necesidades de nuestros clientes. Analizar la competencia y buscar oportunidades de diferenciación son pasos cruciales en este proceso.
Pero la innovación no es una tarea solitaria. Requiere la participación de todos en la empresa, desde la alta dirección hasta los equipos de primera línea. Es necesario crear un entorno que promueva la experimentación, la colaboración y el aprendizaje continuo, donde las ideas se valoren y los errores se consideren oportunidades de aprendizaje.
Para garantizar que el proyecto de innovación avance según lo previsto, es fundamental establecer métricas de éxito claras y mensurables. Se deben definir indicadores clave de rendimiento (KPI) para supervisar el progreso del proyecto, como el retorno de la inversión (ROI), el tiempo de comercialización de nuevos productos, la satisfacción del cliente y otros indicadores relevantes para el negocio.
Invertir en innovación estratégica implica, por ejemplo, crear un programa que involucre a todas las áreas de la empresa, desde investigación y desarrollo hasta marketing y ventas. Implica asignar inversiones para financiar proyectos innovadores y establecer alianzas con universidades y startups. Los resultados son notables en estos aspectos.
La innovación se ha convertido en un diferenciador competitivo que nos permite atraer y retener talento, fortalecer nuestra marca y construir un futuro más prometedor. La innovación no es un destino, sino un camino continuo.
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